Corporación Red País Rural

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El molino No. 9

 

Editorial
Las semillas de la discordia
División de la organización
Tómele la temperatura a su ONG
Identificación de problemas en la organización
Calidad de vida en el trabajo
Debilidades, oportunidades, fortalezas y amenazas
Las ONG como actores del desarrollo en nuestro país
Análisis financiero en sistemas de producción agrícola (III parte)
Una nueva forma para la toma de decisiones
El dilema del prisionero

Las semillas de la discordia

Hace tiempo vivía un campesino alegre y emprendedor. En su aldea era conocido por ser un gran optimista, un hombre "positivo" que llaman. De esos que no se dejan de achantar por la adversidad y le dan al mal tiempo buena cara. Una tarde se quedó admirando su campo recién sembrado, seguía las líneas de los surcos y soñaba despierto con la cosecha. De pronto vio cómo la Discordia salía de las malezas y comenzaba a llenar de semillas su hermoso campo.

Permaneció escondido en silencio y esperó. Cuando la Discordia terminó su labor, fue y recogió, una a una, todas las semillas de la Discordia. Las guardó en una bolsa de cuero y se las llevó a su casa. En la cama, antes de dormirse, pasó varias horas pensando qué podía hacer con aquellas semillas. A la mañana siguiente fue al gallinero y le echó una manotada a las gallinas, para ver si de esta manera podía deshacerse de toda la bolsa; pero apenas las gallinas probaron las semillas, comenzaron a pelearse entre ellas, a arrancarse los ojos a picotazos, a matarse las unas a las otras. El campesino las separó como pudo. Terminó con las manos y los brazos sangrando por los feroces picotazos de sus gallinas. Esa noche tampoco durmió pensando qué hacer con las semillas.

Por la mañana se le ocurrió quemar un puñado, para probar. Encendió un fuego, echó las semillas... y en un santiamén se levantaron llamas enormes que alcanzaron el techo de su casa y la incendiaron. El humo comenzó a arremolinarse y oscureció el cielo. Tuvieron que venir todos los campesinos de los alrededores para apagar el incendio. Esa misma tarde el campesino de nuestra historia y toda su familia se dieron a la penosa tarea de construir una nueva casa.

Cuando terminaron los trabajos, el campesino encontró las semillas y se le ocurrió preparar una masa. Tomó algunos granos, los molió, amasó la harina con agua y metió la masa al horno. Su mujer descubrió una extraña arepa y la sirvió al desayuno. Cuando el campesino probó la arepa, le dijo a su mujer que esa arepa estaba cruda y sin sal, que si ella era tan inútil que no sabía preparar una arepa. Su mujer le contestó diciéndole que ella la había cocido como todos los días y que si a él le parecía que estaba cruda, que terminara de asarla. Que allí estaba el horno y que, de todos modos, ella se había casado con un incapaz, con un pobre infeliz .... Antes de que la mujer terminara la frase , el campesino le tiró un plato a la cara, ella respondió rompiéndole una jarra en la cabeza y todo eso delante de lo hijos, que aterrados, comenzaron a llorar. Tuvieron que venir los vecinos a separarlos porque de lo contrario se mataban el uno al otro.

Al cabo de unos días, el campesino y su mujer hicieron las paces. La calma regresó al hogar, pero él pasaba la noche en vela pensando qué hacer con aquellas peligrosas semillas de la Discordia. Había perdido la sonrisa y la tranquilidad. Unas semanas más tarde se levantó muy temprano, se despidió de su mujer, de sus hijos y se fue hasta los acantilados donde terminaba su isla y empezaba el mar. Se acercó al borde y dejó caer al vacío unas cuantas semillas de la Discordia; entonces, vio cómo los peces, enfurecidos, se atacaban unos a otros y, enseguida las olas del mar se levantaban embravecidas y hundían los barcos que había en el puerto. Muy preocupado, regresó a su casa y se sorprendió mucho cuando fue recibido por su mujer y sus hijos con una gran alegría. Lo llevaron hasta el campo y le mostraron cómo su maíz se alzaba por encima de los otros maizales. Mientras que en los campos vecinos la gente trabajaba arrancando las malas hierbas, su maizal estaba limpio y vigoroso.

Esa tarde mientras toda la familia admiraba, feliz, el hermoso campo, una bandada enorme de pájaros pasó volando, dio una vuelta y se precipitó sobre el maizal acabándolo en un instante. No dejaron ni una sola mazorca. Mientras su mujer y sus hijos lloraban y gritaban, el campesino siguió con la mirada el fabuloso vuelo de los pájaros; vio cómo se dirigían hacia los maizales de sus vecinos, atacaban una, dos, tres mazorcas, picoteaban aquí y allá, y enseguida empezaban a pelearse unos contra otros.

Publicación realizada por el Proyecto DFID Colombia

DFID Colombia   Embajada Británica   Pronatta   Ministerio de agricultura

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